Cuando
era pequeño leía en el Nuevo Tesoro de la Juventud y otros libros las “grandes”
hazañas del conquistador romano Julio César. Uno decía, ¡Guau, qué personaje!
Sin serlo, había quien te lo consideraba el primer emperador de la Ciudad
ubicada en el río Tíber. Lamentaba su asesinato y detestaba a Bruto, su traidor
hijo adoptivo. Siempre grave su frase; et
tu quoque fili, mi.
Ya
adolescente, se me ocurrió leer la Tragedia de Julio César de Sir William
Shakespeare. ¡Oh mi sorpresa con la reflexión final del bardo inglés! ¿Fue
Bruto realmente un traidor? Con su padre adoptivo queda claro que sí. Sin
embargo, si consideras que Bruto se unió a los conspiradores ya que Julio César
quería convertirse en Dictador Vitalicio e Imperator,
pues el enfoque fue diferente.
Me adentré un poco más con la
vida de este personaje histórico. Nadie duda de sus dotes políticas y militares
que solo fueron superadas por su otro hijo adoptivo Octavia, posteriormente
llamado Augusto. La realidad es que César, llamado así como mote a su calvicie,
solía generar el problema y así erigirse como salvador de Roma. Es decir, a Julio le convenía que la República no
marchara bien.
A
eso se le añade que, con la Conquista de las Galias, Julio César repartió entre
el pueblo romano el botín que trajo del otro lado de los Alpes. Como trofeo,
también mantuvo encarcelado a Vercingétorix
y, cuando así le convino, lo humilló públicamente y concluir con su ejecución.
No es de extrañar, por lo anterior, que César fuera querido por su pueblo, cosa
que aprovechó Augusto para el Imperio.
Desde
el punto de vista de Julio César, ÉL ERA
ROMA Y ROMA ERA ÉL. No es de extrañar, mediante el populismo y la
demagogia, como antítesis de la democracia griega, él había satisfizo su
ambición de poder. Pero quería más, no le era suficiente. Más de dos siglos y
un milenio pasamos, y no estamos muy lejos de otro Julio César. Desde luego no
un patricio, pero si vulgar y ambicioso.
Y
ese es el problema de las elecciones que tendremos en México este año.
Caracterizado por un populismo y rapante que ha asolado a la pobre América
Latina y cuya máxima expresión se encuentra en Cuba, Venezuela y los países que
conforman el Foro de San Paolo. Unas elecciones que lamentablemente y, pese a
tener tres buenos perfiles, no dejan de traer su dote de miedo.
Este
candidato, quien representa un nacionalismo añejo, medieval y oscurantista
aunado son su populismo simplón al viejo estilo priísta y una demagogia llena
de incoherencias, podría ser el triunfador de unas elecciones que, pese a las encuestas,
todavía no tiene nada escrito. A eso sumémosle el nivel de educación y cultura
que posee la gente que le sigue pone en riesgo nuestra democracia.
Para este candidato, ultra
radical de izquierda pero que tiene alianzas de lo más pragmáticas e incoherentes
como un partido evangélico como es el de Encuentro Social, PES, o en su nómina
al tan odiado “PRIAN” que según él
combatió durante décadas, nos muestra su verdadero rostro ambicioso, poco
demócrata, antirrepublicano y a la vez tiránico a fin de saciar su ambición de
poder.
Ya Chávez
quien es él.
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