La
palabra corrupción significa descomposición, echarse a perder o entrar en
estado de descomposición. Es por ello por lo que, cuando un ser humano muere,
se dice que su cuerpo se corrompe, es decir su descompone y se echa a perder.
Hay muchos tipos de corrupción que incluyen nepotismo, tráfico de influencias,
sobornar o pervertir a alguien.
Al
igual que la prostitución, es tan antigua como ésta y tan difícil de erradicar.
Para combatir a ambas se puede decir que hay generar riqueza y buscar equidad
en la repartición de la misma, es decir que, como se dice en economía, que haya
crecimiento junto con desarrollo. Lo anterior es necesario más no así
suficiente. Siempre habrá algunas personas pervertidas y corruptas.
Un ejemplo es el Parlamento
inglés, el cual siempre ha sido una institución que caracteriza al país
insular. Enrique VIII se valió del mismo, respetando su fortaleza, a fin de
obtener su divorcio de Catalina de Aragón y convertirse en el jerarca de su
propia iglesia. Es verdad, hubo corrupción y un Parlamento comprado ante el
cual la legítima reina jamás se presentó por lo mismo.
La
Iglesia rescató los valores grecolatinos, principalmente los helenos quienes
los definieron y llamaron al vicio como su antítesis. En su delirio
anticlerical donde la izquierda desconoce cualquier aportación que tenga la
anterior criticando su doble moral, causa hilaridad que, ante su falta de
propuestas políticas, sociales y en especial económicas, levanten la bandera
anticorrupción.
La
izquierda, en especial la radical, o es amoral, es decir que no diferencia el
bien del mal o, en su defecto es inmoral y por ende distingue entre la virtud y
el vicio, pero por fines pragmáticos elige a este último pensando que es lo
mejor para conseguir votos. Es increíble que, sean ellos quienes quieran dar
clases de moral o crean, en su delirio ególatra y megalómano que tienen la
autoridad moral.
Por
ende y para combatir la corrupción, va más allá de las palabras y de las buenas
intenciones. El que el “eterno candidato en constante campaña” ingenuamente
piense que por su “autoridad moral” que, por cierto, no posee, acabará con la
corrupción o que posee la “varita mágica” que erradicará este mal, pues de
antemano está mintiendo a los ciudadanos.
En
los países donde transparencia internacional los califica con niveles bajos de
corrupción, no quiere decir que no exista la misma. Sí la hay, pero no es tan
descarada. Y probablemente para combatirla se valgan de instituciones que
ayuden a combatirla y así, si sus ciudadanos corruptos salen impunes, al menos
nadie los salva de una buena ventaneada y del señalamiento público.
Por ello, cuando un candidato
descalifica al Instituto de Transparencia y utiliza adjetivos como; “burócratas fifís”; agrede a una herramienta
que lucha contra la corrupción. Recordando que. como Jefe de Gobierno, adjudicó
de manera directa obra pública financiada con deuda en vez de licitarlo a sobre
cerrado y con expedientes que todavía no se abren. El buen juez por su casa empieza.
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