viernes, 24 de noviembre de 2017

Como combatir la corrupción con seriedad



La palabra corrupción significa descomposición, echarse a perder o entrar en estado de descomposición. Es por ello por lo que, cuando un ser humano muere, se dice que su cuerpo se corrompe, es decir su descompone y se echa a perder. Hay muchos tipos de corrupción que incluyen nepotismo, tráfico de influencias, sobornar o pervertir a alguien.
Al igual que la prostitución, es tan antigua como ésta y tan difícil de erradicar. Para combatir a ambas se puede decir que hay generar riqueza y buscar equidad en la repartición de la misma, es decir que, como se dice en economía, que haya crecimiento junto con desarrollo. Lo anterior es necesario más no así suficiente. Siempre habrá algunas personas pervertidas y corruptas.

Un ejemplo es el Parlamento inglés, el cual siempre ha sido una institución que caracteriza al país insular. Enrique VIII se valió del mismo, respetando su fortaleza, a fin de obtener su divorcio de Catalina de Aragón y convertirse en el jerarca de su propia iglesia. Es verdad, hubo corrupción y un Parlamento comprado ante el cual la legítima reina jamás se presentó por lo mismo.
La Iglesia rescató los valores grecolatinos, principalmente los helenos quienes los definieron y llamaron al vicio como su antítesis. En su delirio anticlerical donde la izquierda desconoce cualquier aportación que tenga la anterior criticando su doble moral, causa hilaridad que, ante su falta de propuestas políticas, sociales y en especial económicas, levanten la bandera anticorrupción.
La izquierda, en especial la radical, o es amoral, es decir que no diferencia el bien del mal o, en su defecto es inmoral y por ende distingue entre la virtud y el vicio, pero por fines pragmáticos elige a este último pensando que es lo mejor para conseguir votos. Es increíble que, sean ellos quienes quieran dar clases de moral o crean, en su delirio ególatra y megalómano que tienen la autoridad moral.
Por ende y para combatir la corrupción, va más allá de las palabras y de las buenas intenciones. El que el “eterno candidato en constante campaña” ingenuamente piense que por su “autoridad moral” que, por cierto, no posee, acabará con la corrupción o que posee la “varita mágica” que erradicará este mal, pues de antemano está mintiendo a los ciudadanos.
En los países donde transparencia internacional los califica con niveles bajos de corrupción, no quiere decir que no exista la misma. Sí la hay, pero no es tan descarada. Y probablemente para combatirla se valgan de instituciones que ayuden a combatirla y así, si sus ciudadanos corruptos salen impunes, al menos nadie los salva de una buena ventaneada y del señalamiento público.
 
Por ello, cuando un candidato descalifica al Instituto de Transparencia y utiliza adjetivos como; “burócratas fifís”; agrede a una herramienta que lucha contra la corrupción. Recordando que. como Jefe de Gobierno, adjudicó de manera directa obra pública financiada con deuda en vez de licitarlo a sobre cerrado y con expedientes que todavía no se abren. El buen juez por su casa empieza.

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